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Juventud

Vivir cansa. Vivir para morir no solo cansa: también desespera. Para todos aquellos a los que la vida no les concede la tregua necesaria para reflexionar acerca de su existencia, todo esto es simple cháchara. En cambio, los afortunados que no han de preguntarse si llegarán a mañana, o en qué condiciones lo harán, pueden perder el tiempo (y perderse en la vida) reflexionando acerca del vacío existencial. El director de cine Paolo Sorrentino dedica su arte a esto último y nos regala, de paso, películas que arrasan los sentidos, por su belleza y por los sopapos que reciben nuestras emociones. Su última obra, titulada ‘Youth’ (Juventud) ofrece las actuaciones de Michael Caine y Harvey Keitel, un músico jubilado al que el éxito sólo ha colmado de agujeros y un director de cine que quiere más y se resiste a la inactividad. Ambos protagonistas descansan en un, al mismo tiempo, decadente y lujoso balneario suizo digno de los escenarios bucólicos de ‘La montaña mágica’ (Thomas Mann), conversan y no se cuentan sus miserias morales porque, como dice Caine, “a los amigos de verdad solo hay que contarles las cosas buenas”. Por el balneario desfilan cuerpos decrépitos confrontados al cuerpo de Miss Universo, niños incrédulos, hijas que suplican amor, un Maradona tan redondo como un balón, un actor sepultado por el éxito de un papel que detesta y hasta un alpinista sin músculos, calvo, barbudo como un hipster pero sin serlo, tímido y entregado al placer de mostrar a extraños la vida desde la perspectiva del vacío físico.

La cinta discurre entre lo grotesco y lo hilarante, entre el dolor de la pérdida y la esperanza imposible de la juventud, entre la vitalidad y la decadencia, pero tiene un poderoso hilo conductor: la belleza.

Solo la belleza, parece querer decir Sorrentino, da sentido a una vida, se impone a la inutilidad de todo, borra momentáneamente el absurdo de existir para desaparecer.

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