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Vigorexia en la Peña Montañesa

La palabra vigorexia no figura en el diccionario de la Real Academia Española, pero sí que está mas o menos tipificada como una enfermedad que conduce a mujeres y hombres a practicar deporte de forma compulsiva. Una vez conocí a un vigoréxico, y la verdad es que el hombre hacía cosas muy raras y se sometía a unas palizas constantes. No podía parar de correr, andar en bicicleta, escalar, esquiar, patinar, caminar, etc y si estaba cansado, lo disimulaba muy bien.

La Peña Montañesa se ha convertido en un oasis tanto para escaladores de pared como para aficionados a la bici de montaña. A Unai Castresana y a uno mismo nos gustan ambas cosas, así que el fin de semana pasado decidimos disfrutar de las dos posibilidades: una vía corta por la mañana y un breve paseo en bici por la tarde. Y así, dos días. Resultado: paliza descomunal, trasero en fuego y dos días para recuperarme. Eso sí, disfrutamos como enanos. Escogimos dos vías cortas: ‘Miguelín el de la roja’, en la punta Jabalí y ‘Devorando la vida’, en la Canal Mayor. Ninguna nos defraudó.

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En el estupendo cuarto largo de ‘Devorando la vida’.

Tampoco nos costó mucho decidir qué rutas recorrer con las bicis: en la oficina de turismo de Aínsa venden por dos euros un mapa que recoge 20 itinerarios, y más de la mitad están balizados, con lo que no hay que perder tiempo con el GPS. Las rutas están clasificadas por kilometraje y dificultad. Escogimos una corta, de 22 kms y apenas reparamos en un detalle: estaba catalogada como difícil. En pared, hay un mundo desde la cotación de difícil hasta la de abominable. Lo que en pared nos parece fácil, a veces se corresponde con la cotacíon MD (muy difícil). Pero en BTT, difícil es lo que es: jodido. Subidas largas, tiesas y técnicas daban paso a descensos espeluznantes. ¡Qué digo espeluznantes! Peor: en un momento dado me vi buscando un anclaje para rapelar con la bici a hombros… pero había olvidado la cuerda. Tiré la bici y bajé como pude, abrazado a ramas y raíces. Están locos estos chicos del enduro. Enseguida nos encontramos a un grupo de belgas, seña inequívoca de que el lugar ocupa un espacio estelar en el microcosmos del BTT. Jamás había visto un belga fuera de Bélgica con anterioridad, y estos lucían en sus manillares una palanquita que es la llave de un sistema hidráulico para subir y bajar el sillín: la única manera de no salir volando con cara de bobo por encima del manillar cuando las cuestas se convierten en toboganes como los de Port Aventura. Listos estos belgas. Unos colegas de Irún, aún más locos, y que venían de una ruta de ¡9horas! también llevaban la palanquita milagrosa. Les dijimos que eso era trampa, pero fue solo por disimular la envidia. Invertimos más de dos horas y media en recorrer 25 kms, a veces empujando la bici cuesta arriba como si fuese un apéndice en huelga. Y pensar que una vez fui ciclista…

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Unai, sobrado, emula a Perico Delgado con la Montañesa de fondo.