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En la Norte del Midi D´Ossau

Dicen que el sueño funciona por ciclos de tres a cuatro horas. El mío termina de forma abrupta con un rugido que identifico con el de las avalanchas, o con el desplome del pórtico de la iglesia en la que dormimos desde las 23.30. Miro el reloj: las tres de la madrugada. Ni rastro de aludes; la iglesia sigue en pie: era Aitor Aramburu con un único, gutural y salvaje ronquido que casi acaba con mis nervios. Necesito una autocarava, o al menos una furgoneta como la que un día tuve. Aunque para dormir tan poco, las iglesias siguen siendo muy socorridas… y esto pese a que algunos se empeñan en iluminarlas con unos focos de concierto. Salir a la montaña de noche, con los crampones en las botas y su sonido en la nieve dura, siempre me ha parecido un gesto especial, música celestial. Estamos en mayo, pero el invierno ha sido tan extraño que seguimos con muchas ganas de recorrer caras norte como la que hoy nos ocupa: en el Midi D´Ossau. No es la primera vez que me paseo hasta la alejada cara norte de esta bella montaña, pero hasta la fecha siempre lo he hecho a destiempo, renunciando ante las condiciones adversas. En esta ocasión, he hecho mejor los deberes: me acerqué hace un par de semanas con los esquís y lo que vi me pareció espectacular.

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Así lucía la pared tres semanas atrás…

El día está despejado, ha helado y aunque la isoterma ha subido sabemos que es el día perfecto para recorrer cualquiera de las tres vías de la pared norte. Escogemos la vía ‘Y a du grisou dans le tempo’, sobre todo porque Aitor ya conoce la ‘Canaleta santa Coloma’ y a mí siempre me ha gustado el juego de palabras de la vía abierta por Benoit Dandonneau y Joan Carles Griso en enero de 1993. Empiezo a echar cuentas de las veces que he recorrido éste mismo camino en verano e invierno, camino del refugio de Pombie, con amigos, clientes o en solitario: muchas. Lo increíble es que no me aburro, tanto el escenario es impresionante. No se ve un alma, el amanecer nos sorprende recién pasado el refugio, la nieve dura, perfecta, nos permite avanzar muy rápido, como nos gusta. Además, la víspera, Fernando Peralta y Nacho Merino con otro amigo, más otra cordada en la que estaba Rémi Thivel recorrieron la ‘Canaleta Santa Coloma’ (éste evitó la entrada directa por la izquierda, igual que nosotros) y nos beneficiamos de sus huellas para ir aún más cómodos. No llevamos croquis de la vía, pero confiamos en dar con el mejor trazado posible. La clave de la vía está en el muro que rompe la pared en su parte central. Aquí se dibujan varias goulottes, cada cual más atractiva: escogemos la situada más a la izquierda, la que presenta el mejor hielo. Sigue un largo de casi 60 metros precioso: esto parece los Alpes.

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Aitor, en el soberbio largo de la parte central, tras la campa de nieve.

 

Unos desplomes nos reconducen a la derecha, donde viene un breve pero muy tonto largo, de esos de pies lisos donde los crampones bailan claqué y la protección es complicada. Nos quedamos bajo un diedro de aspecto feroz: afortunadamente, la vía discurre por otro diedro más amable, a la derecha. El sol viene a recibirnos en el último largo. Estamos fuera, y para evitar el siempre expuesto descenso por la vía normal, buscamos a nuestra derecha la arista que lleva a cima, y un rápel de 60 metros que nos deja en el circo sur: jugada perfecta, por rápida y sencilla. La norte del Midi era un sueño. Ya lo dijo Thivel: “El Pirineo es infinito”.

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Aitor saluda desde la reunión en el largo de salida de la vía.

Peña Forato en primavera

Hace ya unos años, prefiero no saber cuántos exactamente, se publicó en CampoBase un artículo firmado por Mikel Zabalza en el que se describía con todo lujo de detalles, fotos y croquis una pared para mí desconocida: la Peña Forato, tan cerca de Panticosa como oculta para los que no sabemos mirar como hay que mirar. Parecía un lugar impresionante con una sola pega: una muy larga aproximación ya fuese con esquís o caminando que aconsejaba dormir en un pequeño refugio libre. Fueron pasando los años y siempre había objetivos mucho más a mano, y aunque sabía que las condiciones se mantenían correctas todo el invierno y más allá, el Forato fue pasando a la recámara de los deberes. Pura vagancia. Este año sin embargo me había propuesto zanjar el asunto, pero después de un viaje en vano, casi acabo tirando la toalla. Una jornada de ‘pirineísmo’ con dos futuros guías, actuales alumnos de Kirolene (Martxel Bereau y Xabi Paternain), me ha permitido regresar a la pared y disfrutar de dos de sus joyas: La vía del ‘Pastor’ y la ‘Leandro Arbeloa’. El lugar es sencillamente impresionante y la pared norte del Forato impone: uno tiene la sensación de estar lejos de todo, aunque con el rabillo del ojo pueda ver los remontes de la estación vecina.

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Martxel Bereau en el tercer largo de la vía del ‘Pastor’.

Con Martxel Bereau a los mandos, empezamos por la vía del Pastor. La vía, rectilínea, es soberbia y encadena tramos sencillos con cortos pero muy intensos pasos delicados. Es como hacer bloque… sin ‘crashpad’ y vestidos como Eduardo manostijeras. Martxel supera con calma los momentos más tensos mientras yo voy recordando el hilarante relato de esta vía firmado por Simón Elías allá por 2009: ‘Ultraresistencia en la vía del Pastor’, se titulaba el texto. Búsquenlo, merece la pena y las risas. La verdad es que cuando desde la reunión veo que las cosas se ponen delicadas, prefiero no mirar para evitar cálculos de probabilidades, factores de caída, resistencia de la reunión… Así, llevado en carroza llegamos al soberbio diedro del último largo, de esos que parecen tumbados y acaban rozando el desplome. Ya lo dice la sabiduría popular: “si parece fácil, sufrirás; si parece difícil, mejor no te metas”. Con mucho temple y pocos friends (paseamos los tornillos de hielo), Martxel vuelve a tirar de extraplanos para montar la reunión y en seguida estamos al sol. Queda la bajada… y el recuerdo de grandes sufrimientos, vivacs a pelo y horas de girar en redondo hasta dar con la canal de descenso que he escuchado en las tertulias de furgoneta. Pero una cordada que ha escalado el día antes la Picazo nos ha dejado sus huellas para que todo sea aún más placentero.

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Martxel, en el largo de de salida.

Como en ‘El día de la marmota’, regresamos a la pared al día siguiente, pero esta vez somos un trío: Xabi Paternain será hoy nuestro piloto. La vía ‘Leandro Arbeloa’ surca una diagonal de derecha a izquierda de la pared, un recorrido estético y elegante que tiene su traca final en un soberbio último largo. Un muro por aquí, otro por allá, y varios ensambles después (de esos tan largos y rápidos que uno se piensa que está en un encierro sanferminero), alcanzamos el muro de salida. A estas alturas, el montaje de reuniones parece un asunto de orfebres, puro olfato y delicadeza: entre roca compacta y roca descompuesta uno no sabe qué hacer con los friends y los pitones, que a veces cuelgan del arnés como jamones en tiempo de cura.

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Xabi Paternain, en los primeros metros del largo final de la vía ‘Leandro Arbeloa’.

“Dificultad media, exposición máxima”. La voz de Xabi suena lejana, tanto como el último seguro que ha colocado. No podía haberlo definido mejor. Ay, el compromiso. Pero el hombre va como un tiro: qué tranquilos son estos jóvenes. Cuando el sol nos da en la cara, ya estamos deseando bajar para volver a subir un día de estos.

PD: Dejo el croquis ‘vintage’ de Zabalza y el más moderno de Korkuerika…

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Chimpanzee: unas barritas estupendas, al fin

Juro que nooooo me patrocinan, ni recibo envíos masivos de estas barritas de la marca Chimpanzee (gracioso nombre), ni mi cuñado es el distribuidor en la zona, pero me voy a atrever a recomendar (a todo aquel que quiera escuchar) éste alimento de fortuna. Harto de las barritas energéticas de toda la vida que clasifico en la categoría de incomestibles, indigestas, inocuas o inmasticables (a veces, todos estos ‘atributos’ en uno), me atreví a probar una barrida Chimpanzee en un día aciago de esquí de montaña: es decir, ‘apajarado’ perdido. El pobre desafortunado que me la tendió y asistió a una representación propia del monstruo de las galletas, cometió un error aún mas grave: me ofreció un par más. Tres barritas con un valor energético individual de 230 kilocalorías desaparecieron ante su mirada atónita en menos de dos minutos. Et voilà!

Picado por la curiosidad, he investigado un poco: se trata de barritas que sólo portan ingredientes naturales u orgánicos, sin azúcares industriales. He seguido probándolas y funcionan realmente bien: yo al menos las digiero sin problemas y el estómago no se resiente. Tiene 7 opciones de sabores, algunos combinados de forma sorprendente, como zanahoria y remolacha, dátiles y chocolate o anacardo y caramelo. Son sin gluten, sin lactosa, aptas para veganos y vegetarianos… y en la etiqueta pone que están hechas con amor…

www.chimpanzeebar.com

Vigorexia en la Peña Montañesa

La palabra vigorexia no figura en el diccionario de la Real Academia Española, pero sí que está mas o menos tipificada como una enfermedad que conduce a mujeres y hombres a practicar deporte de forma compulsiva. Una vez conocí a un vigoréxico, y la verdad es que el hombre hacía cosas muy raras y se sometía a unas palizas constantes. No podía parar de correr, andar en bicicleta, escalar, esquiar, patinar, caminar, etc y si estaba cansado, lo disimulaba muy bien.

La Peña Montañesa se ha convertido en un oasis tanto para escaladores de pared como para aficionados a la bici de montaña. A Unai Castresana y a uno mismo nos gustan ambas cosas, así que el fin de semana pasado decidimos disfrutar de las dos posibilidades: una vía corta por la mañana y un breve paseo en bici por la tarde. Y así, dos días. Resultado: paliza descomunal, trasero en fuego y dos días para recuperarme. Eso sí, disfrutamos como enanos. Escogimos dos vías cortas: ‘Miguelín el de la roja’, en la punta Jabalí y ‘Devorando la vida’, en la Canal Mayor. Ninguna nos defraudó.

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En el estupendo cuarto largo de ‘Devorando la vida’.

Tampoco nos costó mucho decidir qué rutas recorrer con las bicis: en la oficina de turismo de Aínsa venden por dos euros un mapa que recoge 20 itinerarios, y más de la mitad están balizados, con lo que no hay que perder tiempo con el GPS. Las rutas están clasificadas por kilometraje y dificultad. Escogimos una corta, de 22 kms y apenas reparamos en un detalle: estaba catalogada como difícil. En pared, hay un mundo desde la cotación de difícil hasta la de abominable. Lo que en pared nos parece fácil, a veces se corresponde con la cotacíon MD (muy difícil). Pero en BTT, difícil es lo que es: jodido. Subidas largas, tiesas y técnicas daban paso a descensos espeluznantes. ¡Qué digo espeluznantes! Peor: en un momento dado me vi buscando un anclaje para rapelar con la bici a hombros… pero había olvidado la cuerda. Tiré la bici y bajé como pude, abrazado a ramas y raíces. Están locos estos chicos del enduro. Enseguida nos encontramos a un grupo de belgas, seña inequívoca de que el lugar ocupa un espacio estelar en el microcosmos del BTT. Jamás había visto un belga fuera de Bélgica con anterioridad, y estos lucían en sus manillares una palanquita que es la llave de un sistema hidráulico para subir y bajar el sillín: la única manera de no salir volando con cara de bobo por encima del manillar cuando las cuestas se convierten en toboganes como los de Port Aventura. Listos estos belgas. Unos colegas de Irún, aún más locos, y que venían de una ruta de ¡9horas! también llevaban la palanquita milagrosa. Les dijimos que eso era trampa, pero fue solo por disimular la envidia. Invertimos más de dos horas y media en recorrer 25 kms, a veces empujando la bici cuesta arriba como si fuese un apéndice en huelga. Y pensar que una vez fui ciclista…

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Unai, sobrado, emula a Perico Delgado con la Montañesa de fondo.

“Debemos enfrentarnos a nuestros miedos, por dignidad”

Hubiera deseado poder entrevistar a Wojciech Kurtyka cara a cara: creo que saldría material para muchas páginas… pero la entrevista se realiza por email y sólo pide a cambio que le deje tiempo para responder con detenimiento y serenidad. Espero algo más de un mes, impaciente: a veces ser periodista es una profesión vibrante, ilusionante y sé que las respuestas de Kurtyka a mis preguntas van a estar a la altura de su mito. Os dejo la entrevista completa. El País ha publicado la misma con algunos recortes para encajarla en maqueta. Todavía hoy me sigue pareciendo un lujo que un periódico de tirada nacional reserve un hueco al alpinismo…

Durante décadas, Wojciech Kurtyka (Polonia, 1947) ha sido un misterio para los entusiastas del alpinismo: más allá de sus geniales, comprometidas y adelantadas a su época aperturas en el Himalaya, éste inmenso alpinista apenas dejó rastro alguno que revelase un mundo interior que sus allegados describían como poderoso. Entrevistarle se convirtió en un ejercicio más complicado que repetir aperturas tan descomunales como la protagonizada en la pared oeste del Gasherbrum IV (7.925 m), donde permaneció junto a Robert Schauer ocho días. Fue en 1985, y si el alpinismo se mide en términos de valor, nadie ha superado semejante marca. Con todo, Kurtyka a menudo supo renunciar, darse la vuelta, evitar situaciones de peligro: siempre tuvo a mano la compañía del miedo, como estímulo y como freno, según reconoce ahora en El Maharajá Chino, su primera y muy sorprendente novela.

 

¿De dónde procede su interés por la escritura? ¿Es algo repentino o ha germinado con el paso del tiempo en la estela del ejemplo de su padre, escritor también?

Desde pequeño fui testigo del trabajo creativo de mi padre, circunstancia que despertó en mí una sensibilidad temprana hacia la literatura y el deseo de participar de su belleza. En muchas ocasiones, me decía a mí mismo que si algún día conseguía con mi escritura inspirar u ofrecer una vivencia intensa a una sola persona, no habría vivido en vano.

¿Cuáles son sus referencias literarias?

He tenido muchas. En la infancia, los autores que más me impactaron fueron los que describían las aventuras en la naturaleza, como James O. Curwood, Jack London o Karl May. Estas lecturas, sin duda alguna, despertaron mi fascinación por la aventura y me enseñaron que debemos ser valientes en la montaña. Más tarde me sentí atraído por la literatura que ahonda en el sentido de nuestras dichas y desdichas. Creo que, en cierto modo, la verdad expresada por Dostojewski, Kafka, Thomas Mann, Hermann Hesse o Somerset Maugham, llegó a formar parte de mí mismo. Mis últimos descubrimientos literarios incluyen El Mago de Terramar, de Úrsula Le Guin, así como la obra de Charlotte Bronte o de Rabindranath Tagore, en los que me conmueve la idea del amor en un sentido amplio. Una bibliografía un tanto exigente, ¿verdad? Aunque en ocasiones leo también literatura puramente comercial, que me distrae y me ayuda a defenderme del vacío interior, que me invade de vez en cuando.

¿Cuánto hay de autobiográfico en su muy interesante obra, El Maharajá Chino?

Me atrevería a decir que un 95 %. Cada suceso, cada estado mental que describo en el libro forman parte de mi experiencia y el 5 % restante, más que una ficción o incorporación novelesca, corresponde a la alteración del orden cronológico de los acontecimientos.

Personalmente, esperaba un libro que hablase de alpinismo, que evocase en cierta forma su gran pasado como himalayista, pero su obra no tiene nada que ver con mi idea preconcebida…

Durante una expedición al Himalaya, el alpinista permanece apartado de su vida cotidiana, de sus problemas y placeres habituales. Desde esta perspectiva tan distante, la relación entre la escalada y nuestra vida en el valle parece muy lejana y difusa. Pero está claro que esta relación existe y, además, tiene para mí un sentido muy profundo. La escalada me fortalece y me permite sentirme profundamente unido al mundo. No estaba seguro de cómo expresarlo en el libro y finalmente opté por tomar como referencia aquellas experiencias de montaña que se desarrollan cerca del hogar, dentro del círculo de nuestras relaciones familiares y obligaciones profesionales. En este contexto, el despropósito de la escalada reclama una explicación. En El Maharajá Chino intenté mostrar cómo la escalada puede convertirse en un camino que enriquece nuestra vida cotidiana y nos permite entendernos mejor a nosotros mismos.

¿Considera que el miedo fue el motor de su vida de alpinista y escalador?

Creo que, independientemente del nivel intelectual y la sensibilidad de cada uno, las personas, de manera instintiva, necesitamos enfrentarnos a nuestros miedos. Si nos dejamos vencer por ellos, nos sentimos humillados. Hasta los animales reaccionan con agresividad ante el miedo. Este enfrentamiento nace de la dignidad, que está impresa en nuestra naturaleza. Estoy convencido de que fue precisamente esta fuerte necesidad de enfrentarme a mi propio miedo, unida a la admiración por las montañas, lo que me lanzó a la difícil búsqueda de la belleza y el misterio de tantas paredes y aristas. Si verdaderamente amo algo, ¿no sería indigno sucumbir al miedo que me aparta del objeto luminoso de mi deseo? Éste es el origen de mi naturaleza de alpinista.

 

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Wojciech Kurtyka. Fotografía de Piotr Drozdz.

El público siempre desea saber por qué escalan los escaladores: creo que su libro ofrece una de las mejores respuestas posibles. ¿Lo cree así?

Mi respuesta a esta pregunta es muy personal. Soy consciente de que los escaladores explican el sentido de la escalada de formas muy diferentes, aunque no me he encontrado nunca con una solución que me acercara a mi propia verdad. Creo incluso que algunas de estas respuestas –por brillantes que parezcan, como la de Mallory (que vino a decir algo así como que escalamos las montañas porque están ahí)–, en realidad demuestran que se es incapaz de dar una contestación. Tampoco nos acercan a la esencia mental del fenómeno de la escalada, sino que se limitan a destacar sus méritos, casi siempre presentes también en otras disciplinas deportivas. Mi insatisfacción con estas respuestas me impulsó a buscar mi propia verdad, y así nació El Maharajá Chino. Sé que muchos lectores comparten mis ideas, aunque, claro está, no todos. Para algunos el objetivo de la escalada es convertirse en estrella o conseguir el Piolet de Oro (Máximo galardón que concede el alpinismo y que éste año recaerá en sus manos de forma honorífica).

El protagonista de su novela se debate entre la necesidad de escalar y la repugnancia que esto le supone. ¿Es posible dedicarse en cuerpo y alma a algo que suscita sentimientos tan encontrados?

¿No lucha con valentía el soldado, pese al miedo? ¿Recuerda la crisis de conciencia que sufre el sheriff en Solo ante el peligro? Los retos verdaderamente difíciles suelen ir acompañados de dilemas.

Escribir, ¿le resulta tan doloroso como al protagonista de su obra enfrentarse al Maharajá Chino?

Desde luego que sí. Diría incluso que escribir es tan peligroso como escalar. El hecho de no conseguir expresar lo que tengo en mente me genera unas auténticas crisis psicológicas. En algunos fragmentos de la novela me enredé terriblemente y sufrí durante meses. Tardé más de cinco años en escribir El Maharajá Chino, porque en varias ocasiones abandoné la escritura durante bastante tiempo.

¿Es la escalada un arte en sí misma? ¿Abrir una nueva ruta en una montaña es una creación artística? ¿O es solo una creación?

Resulta difícil definir qué es la escalada: es lo que somos nosotros. Puede ser un deporte que tiene por principal objetivo ganar la competición. Puede ser un ballet o danza sobre la roca, o un arte cuya belleza consiste en el juego mágico de la luz y el espacio. ¿Acaso existe obra gráfica más bella que una línea trazada por el ser humano sobre una gran pared o arista? Finalmente, en ocasiones, la escalada se convierte en una creación profundamente personal, que no deja huella visible al público, en el juego de la libertad. Independientemente de nuestros recursos personales y gustos artísticos, la escalada implica siempre una creatividad intensa e íntima. Creo que la actitud creativa que se manifiesta en este juego interior es una especie de oxígeno para nuestra mente. Mientras existe, estamos vivos. Cuando se agota nuestra creatividad, nos marchitamos. La pujanza de la creatividad escaladora se manifiesta a través de la cultura de montaña, en sus diferentes vertientes, que incluyen el cine, la literatura o la fotografía.

¿Qué le sugiere la idea de morir un día? ¿Ha sido un pensamiento que le ha obsesionado a lo largo de su vida?

¿Es que cree que vamos a morir? ¡Qué extraordinario, qué interesante! Pero ¿qué quiere decir en realidad? Mi curiosidad crece por momentos.

Hace tiempo un médico inepto me diagnosticó, erróneamente, un tumor. En un mes me mentalicé para abordar mi última escalada. El cambio de perspectiva fue tan radical que cuando se demostró que el médico era un necio y yo estaba completamente sano, ¿sabe lo que experimenté? Una triste decepción.

¿Considera que los alpinistas deberían tener el deber de saber expresar real y profundamente qué sienten en la montaña, más allá de los tópicos?

No creo que se pueda exigir esta habilidad a los alpinistas. Además, como muchos tienen ideas erróneas sobre su vida e importancia, conviene evitar que se sinceren en exceso. Con frecuencia los escaladores se muestran reservados en sus manifestaciones públicas, por el simple motivo de que la escalada suele asociarse a unas vivencias muy intensas. Afrontar la muerte o las creencias religiosas de cada uno resulta demasiado íntimo para ser compartido. Consecuentemente, en muchas ocasiones, para no sentirnos incómodos, evitamos las palabras solemnes como “amor” o “Dios”. Al escribir El Maharajá me había prometido no utilizar la palabra “amor” ni una sola vez, pero resultó imposible. En los dos capítulos finales repito dos veces la pregunta “¿Qué clase de amor es ése?”

¿Puede uno aparentar ser libre de puertas afuera y ser preso de una personalidad que sufre y goza al mismo tiempo? O, lo que es similar, ¿ha llegado usted a ser libre de sí mismo?

Cada persona crea su propia estructura de valores y su propia idea del rol que desempeña. Si lo que has creado es una sandez, acabará haciéndote daño. Es doloroso darnos cuenta de nuestros errores.

Creo que muchos de nosotros experimentamos durante la escalada breves momentos de liberación de nosotros mismos. ¿No es verdaderamente libre el bailarín o el cantante cuando se entregan por completo a su arte? Podríamos preguntarnos cómo seríamos si estos instantes de liberación pudieran durar para siempre. Evidentemente, yo también he experimentado estos momentos de liberación de mí mismo, pero cómo prolongarlos sigue siendo un reto sin resolver. En la montaña, he sentido en ocasiones un vínculo muy fuerte, o quizá sería más correcto decir unión, con la realidad circundante: la naturaleza, el espacio y la luz. Posteriormente, volví a experimentar esta sensación en circunstancias cotidianas: en el jardín o en el bosque, escuchando música o mirando a los ojos de la persona querida. Valoro estos momentos porque la sensación de unidad fortalece e infunde ánimo, aunque por supuesto, estoy lejos de ser un iluminado. La dimensión corporal nos limita y nos obliga a renunciar a la libertad, porque hace demasiado calor o frío, porque duele, porque hay personas que nos esperan…

¿Qué significa el ego en su vida?

– Supone un obstáculo para experimentar la unidad con el mundo y con la realidad. Creo que esta sensación de unión que tuve por primera vez en la montaña constituye mi activo más preciado y un refuerzo constante. Cuando lo pierdo, me convierto en un náufrago sin isla. Nada nos separa de la realidad tanto como un ego fuerte, es la antesala del infierno.

¿Y el miedo?

Ojalá no desaparezca nunca. Si desapareciera el resorte que hace vibrar nuestra mente, ¿qué quedaría? El miedo puede ser también la expresión de nuestras preocupaciones. Sin él, ¿quién se preocuparía por la suerte del mundo?

¿Qué representan hoy en día las montañas en su vida?Son un tesoro y un misterio, parte de la naturaleza en un sentido amplio, más que un reto deportivo. Me gusta ir a la montaña para ver plantas o visitar un lugar cubierto de musgo. En ningún otro sitio me siento tan próximo a la realidad como en la montaña. Aquí la luz y el espacio cobran vida y se convierten en elementos tangibles del universo. Nada me causa tanto asombro interior como las montañas. En la fase actual de mi vida, la escalada solamente tiene sentido como un modo de acercarme a la naturaleza.

 

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Wojciech Kurtyka. Fotografía de Piotr Drozdz.

Very dry tooling in the Basque Country

En la cueva de Sagasta (Atxarte, Bizkaia), existen cinco líneas equipadas desde hace mucho tiempo para practicar maniobras de autorrescate. Son líneas que discurren sobre unos paños de roca pobre, sin opciones para escalar con las manos desnudas, de ahí su aprovechamiento para la práctica del siempre denostado autorrescate. Hace tres años, varios profesores de Kirolene reequipamos las líneas y sus reuniones con parabolts, y al año siguiente, con la ayuda de Arkaitz Saiz, acondicioné estas vías para que pudiesen ser escaladas con los piolets. Entre agujeros de taladro y cantos naturales quedan unas vías entretenidas, de dificultad moderada, ideales para coger el pulso al manejo de los piolets en este terreno… y comprobar hasta qué punto pueden hincharse nuestros antebrazos.

Los piolets se emplearon, primero, para tallar escalones en la nieve; después para traccionar sobre ellos en las pendientes muy inclinadas; más tarde para escalar estructuras heladas, hielo vertical y, también, para progresar sobre terreno mixto; después nació el mixto moderno o el arte de progresar con piolets y crampones en la roca para alcanzar estructuras heladas. Ahora y desde hace ya un buen rato, no importa que no haya hielo, que no lo haya habido nunca y que no se le espere: el dry es una forma más de escalar. No seré yo quien diga si tiene o no sentido. Ahora, divertido es un rato. Estas cinco líneas conviven con otras abiertas para ser escaladas con las manos: no hace falta decir que éstas últimas son intocables y que el uso de los piolets queda absolutamente prohibido…

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